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Zabalza, una tragedia familiar signada por la idea de que la violencia es necesaria

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Zabalza, una tragedia familiar signada por la idea de que la violencia es necesaria


Que Jorge Zabalza sea recordado en redes sociales por quemar una bandera de Estados Unidos en un programa de televisión o por instigar una escena de comedia con Daniel Martínez durante la última campaña electoral podría ser un guiño del destino -o quizás un insulto- para un hombre que jamás renunció a la idea de cambiar la sociedad a través de las armas y cuyo sueño era estar en la Sierra Maestra con Fidel Castro y el Che Guevara.

Pero Jorge Zabalza, el Tambero, no murió en Bolivia junto al ejército multinacional del Che, para el que se había ido a entrenar a Cuba, ni en su actividad guerrillera sesentista en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, en donde recaló tras la frustración de la aventura guevarista de la cual nunca llegó a participar. Lo hizo en la madrugada de este miércoles 23 de febrero de 2022 en el Hospital de Clínicas a la edad de 79 años, cinco décadas después que cayera preso por primera vez y con el tiempo suficiente para volverse un detractor de sus antiguos camaradas y un crítico acérrimo del Frente Amplio. 

En eso, Zabalza siempre fue absolutamente coherente: combatió contra un gobierno democrático, volvió a la violencia política en 1994 para procurar que no extraditaran a los etarras y luchó políticamente -aunque sin balas- contra lo que él consideraba que era una izquierda en desvío. 

Y todo eso lo hizo a pesar de tener una ascendencia política arraigada al Partido Nacional, lo cual constituye una verdadera historia de tragedia familiar.

Hijo de un blanco ilustre

Zabalza suspiró antes de responder. “Pobre mi padre”, les contestó en abril de 1998 a los periodistas Luis Cat y Cynthia Shaw de Convivir, una revista que salía con El Observador, en su casa de un asentamiento del barrio Casabó. La pregunta había sido por qué él y dos hermanos se unieron al MLN siendo que su padre era una figura del Partido Nacional.

El Tambero contestó que había nacido en una casa “muy politizada”, con un “alto sentido de la justicia” y en un ambiente de “romanticismo muy grande”. 

“Estábamos muy vinculados a la familia de Nepomuceno Saravia, hijo de Aparicio, quien prácticamente todavía vivía en las cuchillas. Su casa era una especie de templo y nosotros vivíamos con ese ambiente romántico de revolucionario blanco, saravista”, recordó.

Su padre, Pedro Zabalza, se había vinculado tempranamente a la Liga Federal de Acción Ruralista, creada en 1951 bajo el liderazgo de Benito Nardone, y entre 1951 y 1955 fue intendente de Lavalleja. En las elecciones de 1958 fue elegido a la vez como miembro del Consejo Nacional de Gobierno (Poder Ejecutivo colegiado) por el sector de Nardone, aliado al herrerismo, cargo en el que permaneció hasta mayo de 1960. Se mantuvo luego en la alianza herrero-ruralista liderada por Martín Echegoyen, y en 1967 ingresó al Senado, dos años y medio antes que sus hijos fueran encarcelados por primera vez, el 26 de julio de 1969.

“Hasta ahí no lo sabían porque llevábamos una doble vida. Después mi hermano pasó a la clandestinidad”, le contó a Convivir, al recordar el momento que sus padres supieron sobre su militancia tupamara. Ricardo Zabalza, su hermano, murió en octubre de ese año en los hechos conocidos como la toma de Pando. En la retirada, los tupamaros se dispersaron en pequeños grupos. Ricardo se tiroteó con la policía y  fue herido. Decidió entregarse para preservar su vida, pero fue ejecutado en el lugar.

Nada de ello afectó la ilusión de su hermano, que siguió en la lucha armada, ni el trabajo político de su padre, que junto a Wilson Ferreira Aldunate formó parte del núcleo fundador del Movimiento Por la Patria (1970) y fue reelecto senador en 1971. Cuando volvió la democracia, integró el Directorio del Banco Hipotecario (1985-1990) y murió a mediados de los 90, cuando su hijo Jorge ya era un hombre libre. 

No perdona y no abandona 

En las décadas anteriores, el Tambero había estado preso dos veces en Punta Carretas y había participado de las dos fugas de esa cárcel, hasta que cayó por tercera vez y, al igual que sus compañeros de armas, fue recluido durante 11 años en un agujero de silencio y oscuridad. “Pienso que todavía estoy pagando las consecuencias de tantos años conmigo mismo. Te quedan rayas y rasgos neuróticos con los cuales hay que ir sobreviviendo”, le dijo a Convivir al recordar esos años. 

Jorge Zabalza salió del pozo sin abandonar la idea que la violencia era un medio legítimo para lograr cambios políticos y sociales cuando no queda otra alternativa. “Pienso que los pueblos no pueden renunciar de ninguna manera al uso de la fuerza. Es el último recurso que les queda. Pero ese uso de la fuerza tiene que ser por una decisión masiva, multitudinaria”, dijo en la citada entrevista de 1998 y repitió en tantas otras de los últimos años. 

Sin embargo, el Tambero -que también tuvo un quiosco y una carnicería- fue un tupamaro que reconoció la barbarie. “Nosotros hicimos algunas barbaridades como lo del peón de Pan de Azúcar, donde somos responsables”, dijo en referencia al asesinato Pascasio Báez. Entendía que “las madres de algunos de los soldados que murieron” tenían “todo el derecho” a no perdonar ni a olvidar, de la misma manera que él no perdonaba a quiénes dieron órdenes de tortura y desaparición, una causa que Zabalza abrazó en tiempos de democracia con mayor entusiasmos que sus antiguos compañeros. 

Pero en Zabalza, al igual que la gran mayoría de los tupamaros, no hubo arrepentimiento. Se creía un hijo de su tiempo y por eso siempre siguió justificando el alzamiento armado a fines de los 60.

Enemigo íntimo

Cero a la izquierda tituló Federico Leicht su libro biográfico sobre el histórico dirigente tupamaro. La intención es evidente: Zabalza está diciendo que ya no importa, que ya no es nadie, que no tiene responsabilidad alguna en la marcha de los hechos políticos del país. Y sin embargo, vaya si importa; tanto como para generar un planteamiento parlamentario respecto a algunas revelaciones que allí se hacen, y para que todo terminase en una trifulca fenomenal”. La pluma de Lincoln Maiztegui, en la contratapa de El Observador del sábado 10 de noviembre de 2007, daba cuenta de la polémica que había generado la publicación de ese libro en los que el dirigente tupamaro revelaba que los incidentes del Hospital Filtro, que provocó la muerte del joven Fernando Morroni, pudieron ser mucho más graves. “Zabalza fue siempre un hombre frontal, sincero y corajudo para decir lo que considera su verdad. Y se ha ganado el respeto de todos, aún de los que estamos muy lejos de su concepción del mundo, precisamente por esta autenticidad”, resumía Maiztegui.

Zabalza reveló en el libro de Leicht que el MLN, ya en plena vigencia de las libertades democráticas, recibía apoyo de organizaciones violentas como la ETA. El asunto llegó a una discusión parlamentaria en la que el entonces diputado Luis Lacalle Pou trató de mentiroso a su colega emepepista Juan José Domínguez, quien había puesto el acento en la brutalidad con que, a su juicio, había reprimido el gobierno herrerista de la época. El cruce terminó con un recordado “oligarca puto” de Domínguez a Lacalle Pou, que lo fue a buscar para golpearlo.

Para ese entonces, Jorge Zabalza ya era un enemigo íntimo del Frente Amplio. 

En setiembre de 1997 había sido uno de los protagonistas de una crisis en la izquierda, al votar en la Junta Departamental contra la privatización del Hotel Carrasco, lo cual provocó la renuncia de Tabaré Vázquez a la Presidencia del Frente Amplio.

Aún dentro del Frente Amplio se acomodó en el ala radical con su Corriente de Izquierda, aunque voces moderadas lo tenían en la mira con la pretensión de expulsarlo por su crítica constante. “Si me echan del FA no voy a cambiar mi manera de pensar; si me quedo tampoco”, dijo en una entrevista con El Observador publicada en julio de 2002, retirado de la política, dedicado a la crianza de su hijo y a la carnicería en Santa Catalina. En esa entrevista afirmó que Mujica -quien se negaba a echar a los radicales para tenerlos cerca- no podía controlarlo (como no había podido hacerlo antes) y que Vázquez era un “artista del equilibrio” porque supo “mantenerse con un pie en cada uno de los bordes de un abismo que se va abriendo”. 

Mantuvo un duro enfrentamiento con el extupamaro Mauricio Rosencof y tiró munición contra Mujica y Eleuterio Fernández Huidoboro por su sostén del gobierno del EP-FA y por negar “aquella lucha”, publicó Búsqueda en octubre de 2005.

Para ese momento el tambero ya había cruzado el rubicón: se había separado del MLN-T y de la Corriente de Izquierda por mantener discrepancias con esos grupos. Se consideraba un “tupamaro independiente” que apostaba a un movimiento revolucionario por fuera del Frente Amplio. 

En los últimos años se alejó del mundo político y mediático, aunque si le daban el espacio no perdía la oportunidad de disparar alguna bala que le pegara a neoliberales o a la izquierda que lo había desencantado. 

Una de sus últimas apariciones públicas fue durante una recorrida de Daniel Martínez en su barrio, en noviembre de 2019. “Yo me levanto todas las mañanas y lo primero que veo es eso”, le dijo Zabalza con su mano derecha en el hombro y con la izquierda señalando al río. “Qué hermosura”, respondió Martínez mirando hacia el mar en el mismo lugar en donde persiste el esqueleto de una regasificadora que nunca se concretó. “150 millones de dólares”, concluyó Zabalza.





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