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¿se puede tomar la amenaza en serio?

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¿se puede tomar la amenaza en serio?


En 2013 escuché al prestigioso académico estadounidense, Richard Ned Lebow, contar en una clase universitaria que un presidente de su país le había admitido en plena Guerra Fría que no había ningún escenario posible en el que daría la orden de apretar el botón rojo.

Para ese presidente -cuyo nombre desconozco- los efectos del hongo nuclear de Hiroshima y Nagasaki habían sido tan dramáticos que no visualizaba una situación que ameritara tomar la decisión de matar a cientos de miles o millones, dada la evolución cualitativa y cuantitativa de las armas de destrucción masiva desde 1945. De la misma manera en que pensó ese jefe de la Casa Blanca es de suponer que han razonado tantos otros, sabiendo que usar esas armas en un enfrentamiento entre potencias nucleares llevaría de forma inequívoca a un holocausto de escala global. ¿Quién querría pagar el peso material y moral de una determinación de ese tipo?

La pregunta vuelve a ser pertinente cuando el Kremlin coquetea con la posibilidad de escalar el conflicto -ya no con Rusia sino con las potencias Occidentales- a través del factor atómico. 

Desde el punto de vista racional no hay mundo posible en que Vladimir Putin esté dispuesto a usar esas armas por una simple razón: podría poner en peligro su propia existencia. 

Desde que Estados Unidos y la Unión Soviética desarrollaron la capacidad de contraatacar en un evento nuclear durante la Guerra Fría –es decir: absorber un ataque manteniendo capacidad de respuesta– se instaló un régimen de destrucción mutua asegurada. Los sistemas de alerta temprana avisarían  que su territorio estaba siendo atacado y desde los silos, los submarinos y los bombarderos estratégicos podrían contestar la ofensiva. Los líderes autoritarios pueden parecer muy irracionales en sus cálculos, pero eso es solo un espejismo: ninguno quiere perder el poder y mucho menos sortear el destino de su nación.

La explicación de la disuasión, que se sustenta en una lógica de consecuencias o utilitarista basada en la interacción estratégica, ha sido ampliamente citada para argumentar por qué los estados no han usado armas nucleares. Y también podría aplicar a este caso en la medida que el uso de armas nucleares no reportaría ningún beneficio para el atacante, en comparación con la inmensa destrucción que ocasionaría su accionar. 

Sin embargo, algunos teóricos sostienen que no es una explicación suficiente ni que agote la discusión.

También debe tenerse en cuenta un elemento normativo para explicar por qué no se han utilizado bombas nucleares desde 1945: la extendida toma de conciencia de que simplemente no es correcto hacerlo. 

Este tipo de armas de destrucción masivas se convirtieron en un estigma, en un tabú que está asociado «con la repugnancia popular contra las armas nucleares, la disminución de su legitimidad en la opinión pública y las inhibiciones generalizadas sobre su uso”, argumenta Nina Tannenwald en un artículo académico. 

Esta opinión se institucionalizó en una serie de acuerdos y regímenes internacionales que circunscriben la realidad del uso nuclear legítimo y restringen la libertad de acción con respecto a las armas nucleares. Sin embargo, no existe una prohibición legal explícita que prohíba el uso de armas nucleares. 

El “tabú nuclear” se refiere a una prohibición de facto contra el uso de armas nucleares que restringe el accionar de las potencias que poseen estas armas. Y en buena medida eso es lo que aquel presidente de Estados Unidos quiso transmitir al profesor Lebow. Mientras existan nadie podrá decir que el mundo está libre de amenazas, pero existen buenos motivos para pensar que ni Putin ni ningún otro gobernante -democrático o autoritario- usará a los jinetes del apocalipsis. 





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