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se encarece la energía y peligra el acuerdo con el FMI

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se encarece la energía y peligra el acuerdo con el FMI


El estallido de la guerra en Ucrania hizo pasar a Argentina por todas las fases anímicas: desde el esperanzamiento por el boom en la cotización de la soja hasta la preocupación por la disparada en el precio del gas y, finalmente, a la alarma por el posible fracaso de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional.

El complejo sojero representa un 30% de las exportaciones argentinas y es el gran proveedor de divisas para las castigadas arcas del Banco Central, así como de recursos fiscales por medio de las controvertidas retenciones a la exportación.

Si se considera toda la exportación agrícola —entre materias primas y producción agroindustrial— representa dos tercios de los US$ 78.000 millones que Argentina vendió el año pasado.

Por eso, la primera reacción ante el nuevo escenario internacional fue el de pensar que, como ya ocurrió otras veces en la historia, una guerra en el hemisferio norte podría traer un “impulso keynesiano” a la economía local.

La soja cotizando a US$ 630, un valor superior a los picos de 2008 y 2013, llevaron a que funcionarios y economistas se pusieran a revisar al alza las previsiones de superávit comercial para este año.

Sin embargo, la euforia se esfumó rápidamente. En primer lugar, porque la campaña agrícola argentina viene castigada por el fenómeno climático de La Niña, que está haciendo caer los rindes en más de 20% en las zonas más castigadas por la sequía. De hecho, la Bolsa de Comercio de Rosario prevé que la campaña de soja dejaría 39 millones de toneladas -originalmente se esperaban 44 millones- mientras que en maíz se proyecta una cosecha de 48 millones -se preveía inicialmente llegar a 55 millones-.

Traducido a plata, esto implica, según la mayoría de los economistas, un recorte de US$ 5.000 millones en la exportación agrícola. Una cifra que no podrá ser compensada por la suba de los precios del mercado internacional.

Además, los analistas del mercado creen que la cotización actual de soja, trigo y maíz no se sostendrán mucho tiempo porque responden a una típica reacción de pánico ante la invasión, pero que más temprano que tarde se reacomodarán en un nivel de equilibrio, aun cuando las hostilidades armadas sigan escalando. El argumento es que el principal factor que explica el precio de los commodities es la demanda asiática, y que el “plus” ocasionado por la invasión rusa debería moderarse.

Pero, para colmo, lo que está quedando en evidencia es que no se producirá un reflejo de venta masiva de soja por parte de los productores argentinos. Lejos de apresurarse a aprovechar la oportunidad de los precios altos, los agricultores mantienen su tradicional actitud cautelosa, con ventas graduales.

Los expertos afirman que, incluso con estos precios internacionales, el negocio del campo argentino tiene márgenes de rentabilidad decrecientes, como consecuencia del retraso cambiario y de las pesadas retenciones a la exportación. Esto desincentiva a la venta inmediata y, por el contrario, lleva a los productores a guardar sus granos en silobolsas, a la espera de un mejor momento.

La amenaza de la energía

En contraste con la situación de las materias primas agrícolas, lo que ocurre en el rubro de los combustibles está generando alarma. La matriz energética argentina es muy dependiente del gas, y el declive en la producción hace que cada año sea necesario importar en mayores volúmenes.

El ritmo de crecimiento de esas compras ya estaba en un impactante 120% anual antes de la crisis de Ucrania, y con la duplicación del precio en el mercado global -sumado a las dificultades de producción de Bolivia- todo apunta a que la energía se transformará en una importante vía de salida de dólares.

Rusia es responsable por el 15% de la producción mundial, y el impacto en el mercado ya se está viendo.

Para Argentina, esto implica que la importación de combustible llegará al menos a US$ 4.5000 millones, lo que implica más que duplicar el registro del año pasado.

Es en ese marco que el gobierno argentino está jugando una carrera contra reloj para tratar de sacar el mayor provecho del gas de Vaca Muerta, que necesita la concreción del nuevo gasoducto “Néstor Kirchner”, recién en su fase inicial. Los funcionarios afirman que esa obra permitirá al país ahorrar US$ 2.500 millones al año por importación de gas.

Pero claro, si todo saliera como está planeado, los resultados empezarían a notarse el año que viene, lo cual para un país en crisis financiera como Argentina equivale a hablar de largo plazo.

El acuerdo con el FMI, en terapia

Con mayores costos por la energía cara y con pocas esperanzas de aumentar el ingreso de dólares por la exportación de soja, la situación financiera argentina se torna más complicada que cuando empezaron las negociaciones con el Fondo Monetario.

A tal punto, que en el ámbito político empieza a temerse por un empantanamiento de las negociaciones. En el borrador del acuerdo figura un compromiso de reducir el déficit fiscal primario a 2,5% del PIB, algo que se lograría, sobre todo, por un recorte en los subsidios energéticos.

Pero este tema ha desatado una dura pulseada interna en la coalición del gobierno, dado que el kirchnerismo no quiere una suba de las tarifas de electricidad y gas. Cristina Kirchner está convencida de que el tarifazo fue lo que selló la derrota electoral de Mauricio Macri y no quiere que esta vez el peronismo repita la misma suerte en la elección de 2023.

Las partes ya estaban lejos antes de que estallara el conflicto ruso-ucraniano. Mientras el FMI pedía una suba de no menos de 60% en las tarifas, el gobierno argentino quiere ajustar sólo un 20% a excepción de una suba más fuerte para una minoría de la población considerada de altos ingresos.

Ahora, con la disparada de los precios de la energía a nivel mundial, incluso si el gobierno accediera al pedido del FMI, sería difícil que el monto destinado a los subsidios pudiera bajar.

Como, además, el nuevo escenario pone en duda los pronósticos oficiales de crecimiento de la economía en un 4%, también hay incertidumbre sobre si se contará con la recaudación impositiva prevista.

El ministro Guzman tiene una ardua tarea por delante tras el acuerdo con el FMI.

En otras palabras, existe el temor de que el acuerdo con el FMI se haya vuelto imposible de cumplir aun antes de ponerse en práctica.

Esto hace que se intensifique la expectativa por el discurso que dará Alberto Fernández al inaugurar las sesiones del Congreso el 1° de marzo. Hay en la coalición del gobierno quienes pugnan por una agresiva presión impositiva contra los sectores ricos de la sociedad, y que impulsan un impuesto a la tenencia de dólares y activos fuera del país que no estén declarados.

Pero eso chocaría de frente con la postura de la oposición, que ahora tiene mayoría en ambas cámaras, y de cuyo voto depende el presidente para aprobar el acuerdo con el Fondo.

La peor frase, con el peor “timing”

«Tenemos que ver la manera que Argentina se convierta de algún modo en una puerta de entrada para América Latina para que Rusia ingrese en América Latina de un modo más decidido”.

Esa frase, pronunciada por el presidente Alberto Fernández a principios de mes ante Vladimir Putin en el Kremlin es considerada, según el criterio de los analistas y diplomáticos argentinos, la más desafortunada en la historia de la política exterior argentina.

Ya el hecho de que Fernández saliera en una gira internacional que incluía a Moscú y Beijing como puntos principales había sido muy criticada por su pésimo “timing”, justo cuando el país estaba negociando la fase final del acuerdo con el FMI.

Argentina le estaba pidiendo al organismo un trato preferencial, con recortes de tasas y un aterrizaje suave en el plano fiscal, lo cual implicaba que el gobierno estadounidense influyera sobre el duro staff de economistas del Fondo.

Y a esa altura ya se consideraba muy alto el riesgo de una guerra en Ucrania. No era el mejor momento como para que el presidente argentino hiciera explícito su deseo de disminuir su “dependencia” del FMI y el gobierno estadounidense y de intensificar los lazos con las otras dos superpotencias rivales de Washington.

Fue por eso que el Departamento de Estado estadounidense dejó filtrar a la prensa que había un fuerte malestar con Fernández, algo que muchos interpretaron como la posibilidad de que el acuerdo para refinanciar la deuda terminara derrapando.

A nadie extrañó, en ese marco, que los bonos soberanos argentinos se desplomaran hasta tal punto que su rendimiento teórico llegó a 28%, más del triple de lo que rendían los bonos de Ucrania, a punto de entrar en guerra con una superpotencia. De hecho, el riesgo país argentino traspasó los 1.800 puntos -una marca típica de país que ya entró en default- mientras que el de Ucrania estuvo en torno de 700 hasta que se disparó recién cuando se concretó la invasión rusa.

Lo cierto es que el nuevo escenario internacional llega en el peor momento posible para Argentina, que corre una carrera contrarreloj para acordar con el FMI, dado que el 22 de marzo vence una cuota de US$ 3.200 millones con el Fondo, que el país no puede pagar sin un refuerzo previo de las reservas del Banco Central.

En los últimos días, la cancillería ha mostrado una postura algo ambigua, que genera críticas tanto desde la oposición como desde el kirchnerismo. El primer comunicado apenas señalaba que Argentina se opone al uso de la violencia, pero no mencionaba el nombre de Rusia y evitaba el término “invasión”. Luego vino otro que sí pidió el cese de la intervención rusa, y luego otro que adhería al llamamiento del Papa Francisco.

Pero la embajada ucraniana en Buenos Aires convocó a la prensa para comunicar su desilusión por el tono insuficientemente claro de los comunicados argentinos, y puso a Uruguay como ejemplo de otros países explícitamente alineados con la causa ucraniana.

 

 





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