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«Me voy a morir pensando en cómo hacer reír a un tipo»

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«Me voy a morir pensando en cómo hacer reír a un tipo»


A Gustaf la gente le decía que tenía que conducir ¡Ahora caigo! Al actor le parecía raro que lo pensaran como una opción adecuada para estar al frente de ese programa, cuya versión española fue uno de los ciclos más populares de la pantalla uruguaya en esa era previa a que los certámenes de talento, los programas de concurso y demás formatos internacionales empezaran a ser producidos de forma local. Era raro no solo porque en ese momento esos programas no se hacían acá, sino también porque él no era conductor televisivo. Al menos no todavía.

En los últimos años la progresión profesional de Gustavo Perini, es decir, de Gustaf, lo llevó de ser el encargado de aportar humor en distintos ciclos de radio y televisión con su abanico de personajes, a quitarse los disfraces o dejar de hacer voces para ser él mismo. O, como aclara, no él mismo pero a la vez sí.

Porque lo que hace Gustaf como conductor es actuar. Es lo más parecido a actuar que se puede encontrar hoy por hoy en la televisión uruguaya, tan poco adepta a las ficciones. Y está contento y entusiasmado de asumir la conducción de la versión local de ¡Ahora caigo!, que se estrenará este año en Canal 4, donde ya venía desempeñándose al frente de otro programa de concursos, Los 8 escalones.

Lo entusiasma y así lo cuenta: “¡Ahora caigo! es más histriónico que Los 8 escalones. El otro formato lo fui haciendo a mi imagen y semejanza, pero es más formal. Este permite un juego de actor-platea, actor-tribuna. Siempre digo ‘uno se cuela porque no hay ficción’, es lo más cercano a lo que yo puedo hacer como actor. Pero este programa permite mucho más el juego”.

El nuevo ciclo de preguntas y respuestas actualmente se encuentra en etapa de inscripciones, por lo que faltan todavía algunos meses para poder verlo en pantalla. El actor ya sabe, de todos modos, que tendrá la misma libertad para crear y trabajar que la que ya tuvo en su ciclo anterior, y que defiende como una de las razones para aceptar un trabajo en los medios masivos, de los que se considera algo receloso y muy selectivo con los proyectos mediáticos que acepta, además de especificar que no se considera como parte “del ambiente”.

Pero en Canal 4 se siente cómodo y allí ha encontrado la posibilidad de cumplir la que considera su misión. La de hacer reír.   

¿Cómo te llevas con la responsabilidad de entretener?

Es parte de mi misión. Yo digo que mi misión se cobija en ese gran paraguas que es la frase «el humor salvará al mundo». Para mí el teatro tiene tres etapas: la primera es entretener, captar la atención del espectador y tenerlo entre las manos. La segunda es conmoverlo, en este caso mediante la risa; y la tercera es hacer una pregunta, una interrogante, dejar una reflexión que quede picando, por eso mis monólogos son temáticos. En la televisión también es primero el entretenimiento y luego conmover con la risa. En este caso la gente va a ver el programa para entretenerse y para reírse. Nada más y nada menos. 

En 2016 empezaste como conductor en radio, después pasaste a la televisión. ¿Cómo fue esa progresión para pasar a ubicarte como centro de un programa, fue una cuestión de confianza?

Se ha dado así. Estuve cinco años sin hacer televisión. Lo último había sido el personaje de Abeijón en Santo y Seña en 2016, y unos especiales de teatro para algunos canales. Tuve ofrecimientos de todo tipo en el trascurso de ese tiempo, y yo soy muy selectivo. No me gusta estar por estar en ningún medio. Priorizo lo artístico. Y esto era lo más cercano a una actuación en televisión. Pero se ha dado así, no es que lo busqué, lo que he buscado con lo que me gusta tiene que ver con la ficción, con hacer una serie, una película. Este año se estrena la segunda temporada de la serie El Presidente (serie sobre históricos –y corruptos– presidentes de la Conmebol que se puede ver por Amazon Prime Video), y estuve en el elenco para los ocho capítulos. Pero será parte de una evolución. Solo ante miles de personas estuve desde siempre, en 2010 hice el primer Teatro de Verano. Pero como no soy de ningún ambiente, no sé tampoco internamente qué visión se tiene de mí. Yo voy, grabo y me vuelvo a mi casa.

No sos de mirarte, ni ver qué pasa con el programa.

Tampoco en el teatro, no soy alguien que esté en los lugares del ambiente, ni en el folclore. Voy, hago mi trabajo como actor y autor y después me vuelvo a casa a tomar un café con leche. Lejos del mundo y del ruido (risas).

En tu trabajo mediático venías de hacer sobre todo personajes, y ahora ya en estos últimos tiempos estás como Gustaf. ¿Cómo fue esa evolución?

Tiene que ver más con lo que hago en el teatro como monologuista. Una vez a Perciavalle le dijeron «usted siempre hace de Perciavalle», y el dijo «no, no; soy yo, el otro». Esa frase me parece genial. Soy Gustaf pero no soy Gustaf. Es ponerse frente a situaciones, narrarlas, contextualizarlas. Y el objetivo es hacer reír, obviamente, pero no dejás de ser el actor. Es como cuando China Zorrilla actuaba pero no componía, era otra, pero era China Zorrilla. Marlon Brando decía eso de Mickey Rooney, o de James Cagney, que hacía de es James Cagney, pero no era él. Ese es el juego. Pero es eso, en el rol de comediante, de actor cómico, el que ves ahí no soy yo, pero soy yo. No estás componiendo, no estás encarnando. 

La televisión tiene algo de teatral, ¿no?

Claro, pero me permite poner la comedia. Lo voy a ver en la cancha, pero este programa tiene más paño. En Los 8 escalones me puse a actuar, terminamos hasta mostrando un tiburón de goma (risas). Tenía musicalizador propio. Para mí todo era un pretexto para poner una pequeña escena con un paso de comedia. El escenario eran esos ocho escalones, y ahora va a ser ese lugar con agujeros y la tribuna. Da la impresión de que es más teatral. Me tiene muy entusiasmado. 

El actor de 45 años se estrenó como conductor de un programa de entretenimiento con Los 8 escalones

¿Cómo te llevás con los logros? ¿Pensás en no conformarte, no decir “me presenté en el Antel Arena y ya está”?

Sí, también me han preguntado por qué dejo lugares que a primera vista pueden ser de éxitos, o de llegar a otro lugar. Me gusta más que todo la evolución artística, que tiene que ver con el riesgo. No hay arte o hecho artístico si no hay riesgo. Tiene que ver con actuar en un lugar donde no se haya hecho teatro, hacer algo que nadie hizo antes, escribir algo que sea mejor que lo que escribí anteriormente, o en radio hacer un formato que no haya hecho antes y que me ponga en un lugar en el que antes no estaba. Me pasa con este programa que hago ahora en radio (Feliz día, que se emite por Radiocero), que va por la cuarta temporada. Había experimentado con un programa parecido pero no había quedado conforme. En Océano hacía Amanece que no es poco, un programa a las 9 de la mañana que eran como dos programas en uno, que tal vez no se entendió, pero fui a experimentar. Me parece que el artista es eso, no estar 50 años haciendo lo mismo.

¿Evitás creértela?

Nunca entendí qué es eso de creérsela. ¿No saludar a la gente? No tiene sentido, no lo entiendo. Si yo me creo lo que soy, soy un loco que está encerrado en un lugar con libros, películas, voy a la cancha de Fénix, camino por la calle, escucho, charlo. Tengo los satélites, la antena. Yo me creo que soy ese. Yo soy ese. Me da la impresión que creérsela tiene que ver justamente con que uno se cree algo que no es, ahí incurre en un error tal vez hasta psicológico. Y la otra es tener una mentalidad de artesano, de orfebre, de cincel, de ir haciendo el monólogo, de si vas a conducir un programa de televisión tener la disciplina de llegar antes, de ver los participantes y qué se me puede ocurrir. El arte de crear. El no ser feliz ahí sí sería para mí un fracaso. Soy feliz con eso que decía Roberto Jones, «el logro». Lograrlo, cuando se genera la risa. Me veo como un artista artesano, eso es creérmela.

¿Te considerás un artista popular?

Creo que sí. Me gusta serlo, siempre dije que no renegué de la palabra «popular», y no creo que vaya en desmedro de la calidad artística. Me interesa ser un artista popular, en mis espectáculos hablo de Beethoven, o leo poemas y van 4000, 5000 personas. En el Antel Arena recité un poema de Bukowski, El corazón que ríe. Cito autores, muestro mi mundo interior, el mundo que me nutre, y no necesariamente es algo de baja calidad artística. Y creo que en mis plateas hay gente de todas las clases sociales, de todas las creencias ideológicas, religiosas o filosóficas, todas las franjas etarias.

¿O sea que con la popularidad te llevás bien?

Me encanta, si es lo que quiere todo el mundo. No le creo a ese que dice «no, yo hago teatro para que vayan diez, hago teatro de cámara y que no lo entienda nadie, que lo entiendan cinco y después voy a un festival de teatro donde van diez». No hay ni un actor al que le guste eso. Es maravilloso que te saluden por la calle y te digan «bo, me reí». Desde la humildad. Es mentira lo otro. ¿No te gusta ir al Antel Arena y que esté tu cara ahí? Mi viejo, que falleció el año pasado, le sacó una foto. No hay un logro más lindo que ese. ¿Cómo no te va a gustar que la gente te diga que se rio, que le hizo bien? Es fascinante, es parte del ego. Lo que pasa es que el ego tiene que tener un límite. El artista es alma, es su sensibilidad. Si el ego le gana a eso y estás pensando más en lo que va a pasar cuando salgas a la calle y no cuando salgas al escenario, ahí está el problema.

¿Por qué te parece que el humor es visto como algo menor a nivel cultural?

Ha sido visto como algo menor históricamente. Porque siempre hubo un círculo artístico que no podía hacer reír a la gente, esto sucede en todos los ámbitos: en el dibujo, en la música, en el teatro. Hay un pequeño círculo que tiende a creerse que está en un estado superior. Y el humor cuenta con un gran beneplácito, porque la risa genera placer, y todo el mundo quiere experimentar placer. De cualquier tipo, pero necesita experimentar placer. Entonces siempre se denostó al cómico y va a seguir pasando, porque ese pequeño círculo dirá que lo suyo es más profundo, porque trata temas muy importantes y no hace reír. En esos dos mundos el problema es la eficacia, la efectividad. Si vos hacés una tragedia, hacela bien, que la gente termine reflexionando, llorando, compungida. Y si hacés comedia, que terminen riendo. Pero siempre está ese círculo minúsculo que le tiene envidia a la aceptación popular, a que capaz que un tipo diga «quiero ver una para reírme», y listo. Vos capaz no tenés la capacidad de hacer reír y decís, «estoy harto de esto, de esta gente que hace reír». Siempre fue mal visto, y es fascinante que esté mal visto, está buenísimo.

¿Al momento de hacer humor sos de pensar en “esto puede ofender a alguien»?

No, me sale naturalmente. Sé que hay humores que yo no hago porque no me salen. Si me tengo que definir hago absurdo y un picaresco de esquina de barrio, de repentización, de rapidez sin llegar a lo explícito. Estas dos cosas pasadas por el tamiz de los libros que leí, las películas que vi, la música que escuché, las obras de arte que vi, y lo que me gusta. Hay cosas que no me salen, pero jamás pensé eso. De hecho, cuando estrené el último monólogo, Supervivencia, Canal 4 lo registró y lo pasó entero sin editar. Es un espectáculo para todo público. Salvo cuando actuaba en boliches, que salía con un pito gigante, que igual hasta ahí me podía ver un niño, nunca me cuestioné nada. Yo agarro y arranco. Hago lo que me gusta. No me gusta usar lo que está catalogado como «mala palabra», aunque lo he dicho en algún espectáculo, pero como algo más lateral. Pero nunca digo «esto puede molestar a alguien». Nunca pensé el humor desde ese lado, sino desde generar un goce al otro. 

Con la situación que ocurrió en los últimos premios Oscar, con la cachetada de Will Smith a Chris Rock por hacer un chiste sobre el aspecto de su esposa, Jada Pinkett-Smith, volvió a aparecer el tema de los límites del humor. ¿Cómo te paras vos en esa discusión?

Creo que eso está mal formulado. Yo creo que el humor no tiene límites. El humor no es un vaso que se llena hasta cierto punto. ¿Quién tiene los límites? La sociedad y los seres humanos. El humor depende. Si vos hacés humor será diferente a lo que haga yo. El humor es como una nube, no tiene límites. Que yo sepa, ninguna constitución de ningún país dice «usted se puede reír de esto y de esto no». Vos te vas a reír de algo que capaz que a mí me hacer reír o capaz que no. Tal vez lo fascinante de eso sea que todos nos reímos de algo diferente. De lo que se ríe Chris Rock no se ríe Will Smith, ni Jada Pinkett-Smith. Una parte se mata de risa con ese chiste, y la otra se indigna. Pero la formulación del humor como si fuese un país con fronteras claras, no existió ni existe como tal. Es la sensibilidad de cada artista que lo hace, de cada platea y de cada sociedad. Las sociedades evolucionan y van cambiando, el ser humano también. Es eso.

En 2022 se estrenará la segunda temporada de la serie El Presidente, en la que Gustaf integra el elenco

¿Qué hace reír a Gustaf?

Lo cotidiano, todo lo cotidiano. Después sigo recurriendo a los clásicos. Sigo redescubriendo a Chaplin, que es un extraterrestre. Todo lo británico. Y lo de acá. Al uruguayo le decís «nombrame a tres cómicos uruguayos que te gusten», y te dicen «mirá, te voy a decir quien no me gusta». Eso es bien uruguayo. Pero Uruguay ha dado cosas geniales, tendría que haber un redescubrimiento de todo lo que es el humor inicial de televisión de este país, el humor gráfico, un redescubrimiento de Wimpi, de algunas mujeres que fueron cómicas por primera vez. También algunas zonas del Carnaval. Yo me crie con La escuelita del crimen, a la que en un momento le escribían los Scheck, que inventaron al Niño Calatrava, cosas elevadas pero al mismo tiempo extremadamente populares. Ese punto medio infernal que es el 5 a 0. No encontrás fisuras. Me pasa lo mismo con Roberto Gómez Bolaños, hubo un momento que me lo puse a estudiar, y el tipo hacía una cosa increíble: ponele que tenía a El Chavo, Quico y Doña Florinda en una escena, y grababa el mismo chiste, pero rematado por otro. Y lo veías, y era un capítulo distinto, pero con el mismo texto. Un monstruo. 

Vos tenés tu lema, “el humor salvará al mundo”, ¿pero qué lugar ves que tiene el humor en el mundo actual?

Siempre va a tener el mismo. El de salvar, el de exorcizar, el de alivianar, el de sacar peso. La tragedia es el peso, es todo lo pesado. Es ponerle el peso insondable a que se me termina el café y no tengo más plata para otro, y eso ya es tragedia. La comedia retira peso. Siempre cito a Gasalla en eso, la comedia es distancia. Cuanto más me distancio, más me puedo reír de algo. Entonces tiende a la curación, inevitablemente. Hace más livianas las cosas, esa es su tarea. Además físicamente te hace sentir bien, soy un fundamentalista de la risa. Pero obvio, siempre te van a decir que es un género menor, que si te reís sos un banana, pero justamente, tiene  un trasfondo. En los libros de psicoanálisis de Freud hay una parte, que la tengo en casa y que es lo primero que tiene que leer alguien que se dedique al humor, sobre el chiste y su relación con el inconsciente. El propio Freud da la fórmula de los chistes, cómo se entrena a la mente para un chiste. Es algo fascinante, de las especies animales solo se ríen la hiena y el ser humano. Yo me voy a morir pensando en cómo hacer reír a un tipo. 





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