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“La vida de los libros hoy es corta; publicar es como ir a una rave, meterte speed y quedar liquidado”

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“La vida de los libros hoy es corta; publicar es como ir a una rave, meterte speed y quedar liquidado”


El impulso no cede. Eduardo Espina sigue necesitando volcarse a las páginas a diario, con fruición, tanto sea para leer como para escribir. A sus 67 años, el escritor uruguayo radicado desde hace décadas en Texas alterna su gusto por la docencia universitaria con la poesía y el ensayo, sus géneros de cabecera, que lo rescatan de un tiempo que observa con asombro, entusiasmo y preocupación en partes iguales. Algo de eso sabrán los lectores de El Observador, en donde Espina escribe desde hace varios años, y también los de este mismo suplemento, hogar de los textos del escritor desde su creación. 

El 2022, en tanto, encuentra a Espina con la edición en España de su última publicación, Libro Albedrío (Rialta Ediciones), una serie de ensayos en los que indaga en la lectura, la escritura y algunos de sus autores predilectos. También con varias traducciones internacionales –parte de su obra será publicada en China o Rusia, por ejemplo– y con un proyecto en el que abordará el vínculo entre la creación, la vejez y las grandes estrellas de nuestro tiempo.

“Estamos en un momento de la historia único, en donde tenés gente de 80 años que llena estadios con público de 20. Antes el artista tenía que morir a los 50 o no era maldito y no vendía bien. Hoy el artista viejo se ha transformado en algo atractivo. Estamos viendo el último pasaje de los dinosaurios. Vamos a ver este fenómeno dentro de veinte años y vamos a recordar la época como esa en la que los artistas se mantenían vigentes durante 50 años” asegura desde Estados Unidos a través de la videollamada que mantuvo con El Observador, y de la que, a continuación se puede leer un resumen.

¿Qué ha cambiado en el universo de la industria editorial desde el primer libro que publicó?

Para empezar, incluso si ganás un premio Alfaguara o algo así, la vida de los libros es más breve. Podés publicar en una editorial grande, pero el libro tiene una intensidad corta. Publicar es como ir a una rave, meterte speed y al otro día estar liquidado por una semana. Sin embargo, en las editoriales pequeñas te mueven el libro lentamente y están encima de él. Es muy interesante publicar con ellas, estar en sus catálogos. Lo que me pasa ahora también es que siento que no sé dónde están los lectores. Hoy vemos que el lector y el escritor joven es muy particular. Los libros físicos se siguen vendiendo, se sigue prefiriendo el papel y, además, nunca antes en la historia se habían publicado y vendido tantos libros. Pero al mismo tiempo, la tentación de publicar sin pasar por el filtro es enorme. Tengo un amigo al que le dije que en su último libro había usado el adverbio “todavía” como ocho veces en una página, y el me contestó que nadie se da cuenta. Es decir, la cultura Walmart y McDonalds impactó en la lectura. El lector está apurado, el escritor también, y no preocupa si la papa frita estuvo congelada por mucho tiempo. Yo apelo a una escritura del pensamiento, que busque detener la lectura, que es el tema de este último libro, el hecho de cómo leemos hoy. Creo que se necesita un regreso a la literatura que te hace pensar en la frase. La mejor definición la hizo un escritor que se llama Joseph Heller. Él dice que la literatura es la gran frase que de pronto aparece. Con todos los dispositivos tecnológicos que tenemos hoy a disposición, la escritura tiene que seguir siendo ese salto.

¿Cuándo aparece esa preocupación sobre el futuro de la lectura y sobre la manera en la que se está leyendo?

En el momento en que leo a un novelista mexicano, que murió hace un tiempo muy joven, que en pocas páginas le conté veinte artículos terminados en “mente”. Ahí me di cuenta de que estamos llegando al límite de la mala escritura aceptada como tal, y en algún punto tiene relación con la corrección política. En los años 60 leías textos sobre el Che Guevara que hoy en día serían impresentables. La época te marca determinados temas que son importantes a nivel social y que trascienden, pero si nos guiamos solo por eso no existiría Onetti. Hoy en día, lo que prevalece es la historia. Con los cambios que introdujo la tecnología hay más apuro. Vas a una editorial, sobre todo las grandes, y podés vender una novela solo contando la historia y sin que se haya leído una sola página. Eso es un desfasaje a todo nivel. La escritura ha sufrido una alteración en la forma de percibirse. Hay un bombardeo de la mala escritura, y no es un problema exclusivo del idioma español. ¿Dónde está la construcción del pensamiento a través de la inteligencia de los sentimientos? Eso es el arte. Hoy en día parece dar lo mismo. De todas formas, siempre hay resistencias. Veo que hay un grupo de jóvenes que muestran un rechazo por eso, y han surgido muchas editoriales que luchan contra eso. El desencanto genera poesía.

¿Tener esa intención de buscar la “gran frase”, entonces, es lo que permite seguir escribiendo en este contexto de lectura y escritura ansiosa que menciona?

Sí, y en Uruguay sobre todo, porque no sé cuántos están leyendo a Onetti hoy, por ejemplo. Uruguay ha sido un país que ha hecho de sus escritores más celebrados a Galeano y Benedetti. Conocí a Benedetti a los 15 años porque era amigo de mi tío. A mí nunca me gustó su literatura. Una vez me preguntó cuáles eran los temas que más me interesaban y le dije la muerte, el alma y el sentido de la vida, porque no le encontraba sentido a nada. ¿Sabés qué me dijo? “Tendrías que hablar con Onetti”. Creo que el único que detestaba más que yo su literatura era mi amigo Amir Hamed. Poco tiempo antes de morir, él me dijo que Benedetti había dicho “Espina es muy bueno, no sé por qué no le gusto”. Me dejó helado, porque capaz tendría que haber tenido más paciencia con el tipo, irme a tomar un café con él o algo. Lo que pasa es que cuando tenés 18 años querés tirar abajo las paredes. Y eso fue lo que me cerró las puertas en Uruguay.

¿Lo ve así?

Uruguay me preparó para todo. Yo saqué mi primer libro de poemas, Valores personales, y no salió una sola reseña. Y ahí fue que dije “me voy, acá no tengo futuro”. Uruguay te prepara para aguantar todo, seas futbolista, médico o escritor. Es como ir a la NASA. Si vas a ir a la Luna, el entrenamiento es matador. Pero ahora a Uruguay llegó también la onda del éxito, en la música, en la literatura. Ha cambiado su chip. El país que yo viví era el de la nada. Había que luchar contra todo. Nunca he esperado nada por eso mismo. Es más: tengo once libros inéditos porque siento que lo mío siempre se trató de complacer mis propias emociones. Siento que en Uruguay falta empezar a subir los criterios. Hay un sentido de arrogancia a partir de lo fácil que no va conmigo. Por eso digo que se me cerraron todas las puertas. Y creo que eso es lo que nuestra época tiene de malo: el hecho de que la insatisfacción lleva a la gente joven a la ansiedad y la desesperación. Como cada vez es más fácil publicar, hay una ansiedad enorme que hace que aparezcan, por ejemplo, 25 adverbios terminados en “mente” por el apuro. En un pasquín que sale a la noche nadie se da cuenta, pero en la literatura sí.

¿Tiene rutinas de escritura?

Todos los días leo y escribo. Me levanto y dos horas antes de ir a enseñar, leo. De tarde escribo. Tenés que sabés cómo funciona tu mente y sé que a las 9 de la mañana no puedo escribir. Durante el día voy tomando notas, nunca elaboro en frío. Tengo que escribir de manera continua un libro, y cuando noto que en un determinado momento tengo que saltar a otro, lo hago. Y luego trabajo mucho la edición. Publico a la quinta versión. Mi único problema es el tiempo. Pero así es como se debe escribir, sin esperar nada. Eso te permite que la inteligencia y la creatividad trabajen en paz. Y eso va contra los tiempos de hoy. La literatura me ha enseñado a enlentecer las cosas, a disfrutar de los procesos.

¿Qué destaca de sus lecturas recientes?

Me interesa poco lo que se escribe en narrativa hoy en día. Los escritores activos solo cuentan y tratan de convencer a través de historias narradas bien clarito, y todas las historias ya fueron contadas, y creo haberlas leído todas. Además, para peor, la gran mayoría apunta a satisfacer temas de la época, ser políticamente correcto sobre el asunto en boga. Hay una fetichización de la narrativa que nada tiene que ver con la escasa calidad de lo que se produce. Compro muchísimos libros de escritores y escritoras de actualidad, solo para estar al tanto del estado de la escritura, pero a la segunda o tercera página, incluso a la primera, los abandono decepcionado. Si a la tercera página no encontré una cláusula genial, que me desordene el plan de expectativas con algún desplazamiento innovador en la sintaxis, dejo de leer y al otro día a primera hora de la mañana regalo el libro. Para mantener actualizado el placer de la lectura, estoy releyendo la obra completa de Robert Louis Stevenson, y algunos de los libros que fueron los primeros que leí cuando tenía 14 años, como la poesía completa de Rimbaud y de Baudelaire, Rayuela de Cortázar –hoy me gusta menos que en mi vida pasada–, los trópicos de Henry Miller y algunos cuentos de Onetti que me enseñaron a estar atento en ciertas cuestiones metafísicas. Creo que de la narrativa de esta época, poquísima va a sobrevivir. Hoy el espacio de las ideas le pertenece al ensayo y a la poesía. Las únicas novedades, tampoco demasiadas, vienen de ahí, el pensamiento crítico que en solitario sigue yendo contra la corriente.





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