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gestiones simultáneas con FMI, Rusia y China

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gestiones simultáneas con FMI, Rusia y China


Febrero es siempre el mes más temido del año para los funcionarios del equipo económico argentino: por una cuestión estacional, coinciden dos factores cuya combinación es temible: una caída en la demanda de pesos —luego de la tradicional suba de diciembre— y una “sequía” de dólares. No por casualidad, la historia económica argentina registra en esta época las grandes crisis devaluatorias.

Incluso este verano, en el que se preveía una ayuda excepcional del campo por la gran cosecha de trigo, la emergencia también se hace sentir. La liquidación de divisas en enero superó los US$ 2.400 millones, una cifra inusitada. Pero aun así, la fuerte presión a la que está sometido el Banco Central hizo que las reservas continuaran su curso indetenible a la caída. Y para febrero, todas las buenas noticias que podía aportar el agro se terminan, hasta que empiece la cosecha gruesa en otoño.

Es por eso que el Banco Central ya anunció una suba de tasas de interés, de manera de influir sobre las expectativas del público y tratar de captar nuevamente el interés de los ahorristas para las colocaciones en peso. En otras palabras, un intento de restar presión sobre el dólar paralelo.

De todas formas, entre los economistas hay escepticismo. Consideran que, además de la típica dificultad estacional, este año se agrega un factor agravante: la gran expansión monetaria que el gobierno convalidó en el último trimestre del año pasado, como aliciente para incentivar el consumo y mejorar las chances electorales en las elecciones legislativas.

Hablando en números, solamente en diciembre la emisión monetaria para ayudar a cubrir el gasto público superó los 685.000 millones de pesos argentinos —equivalente a US$ 6.500 millones, al cambio oficial—, una cifra que representa casi un tercio de la emisión de todo el año.

Es por eso que a nadie le sorprende que la inflación de enero pueda alcanzar el 4%. Y los menos sorprendidos de todos son los dirigentes sindicales, que ya están negociando acuerdos con mejoras superiores al 50% anual y cláusulas de revisión permanente en caso de que la inflación se desborde más allá de lo previsto.

Negociando un desembolso tranquilizador

En semejante marco de expectativas negativas, el gobierno esperaba que el anuncio sobre un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional diera una señal tranquilizadora al mercado. Pero la paz duró poco: tras una breve caída del dólar paralelo y un rebote de los castigados bonos de deuda soberana, otra vez la volatilidad volvió al mercado.

Los analistas lo atribuyen en parte al “ruido político” que generó Máximo Kirchner, el hijo de la vicepresidente, quien renunció a la jefatura del bloque de diputados oficialistas y dejó una duda sobre si el kirchnerismo refrendará con sus votos en el Congreso el acuerdo con el FMI. Pero, además, creen que aun cuando el panorama político luciera con un apoyo sólido al presidente Alberto Fernández, de todas formas habría ataques contra el peso, como reflejo de la situación desesperante de las reservas del Banco Central.

La renuncia de Maximo Kirchner movió la interna del partido de gobierno.

La cifra oficial marca US$ 38.000 millones, pero cuando se descuentan los encajes bancarios, los préstamos de organismos internacionales, los swap y tenencias en oro, lo que queda es apenas US$ 650 millones, según las estimaciones privadas.

Incluso tras un año que dejó un abultado saldo comercial de US$ 15.000 millones, y con un duro “cepo cambiario” vigente y una fuerte represión al turismo, al Banco Central le resultó imposible retener algo de esas divisas, por la fuerte presión del mercado financiero, que trata de empujar el tipo de cambio al alza.

Es por este motivo que, en la conferencia de prensa en la que anunció el acuerdo con el FMI, uno de los puntos en que más le insistieron los periodistas al ministro Martín Guzmán fue en cómo pensaba cumplir su compromiso de aumentar las reservas en US$ 5.000 millones. 

Y ese es, precisamente, el tema al cual está abocado en este momento el gobierno. Sabe que, más allá de cualquier promesa en el plano del recorte fiscal o de la moderación en la emisión monetaria, lo que el mercado quiere ver son dólares en las vacías arcas del Central.

Pasando la gorra

El operativo es a varias puntas y está dominado por el pragmatismo más puro. Por un lado, Guzmán intenta que la cuota de DEGs que el año pasado repartió el Fondo a sus países socios como forma de paliar las emergencias de la pandemia —y que Argentina tuvo que usar para pagar tres vencimientos que suman casi US$ 5.000 millones— pueda ser devuelta por el organismo.

Pero, además los negociadores con el FMI están abocados a otro objetivo ambicioso: quieren que, ni bien el acuerdo esté refrendado, el organismo deposite en la cuenta del Central un desembolso grande, de no menos de US$ 10.000 millones, en vez de ir haciendo pequeños préstamos cada vez que el país tiene un vencimiento.

Este pedido cumpliría con un doble objetivo. Uno financiero, porque permitiría al Central lucir un refuerzo de reservas que trajera calma al mercado. Pero, además, también ayudaría en el frente político, porque desarmaría uno de los argumentos del kirchnerismo para oponerse al acuerdo.

Ocurre que uno de los temores que tiene Cristina Kirchner es que el gobierno quede a merced de las aprobaciones periódicas que hagan las misiones de monitoreo del Fondo. Cree que, ante cualquier desvío en el cumplimiento de las metas acordadas, el organismo pueda decidir cortar el flujo de dólares, lo que empujaría a Argentina a un default no querido. Y se teme, además, que eso pueda ocurrir el año que viene, en plena campaña electoral.

Es por eso que en el debate político de los últimos días se analizaron con lupa varios casos recientes de acuerdos del FMI. Por ejemplo, el de Costa Rica, que se había comprometido a reformas estructurales, por ejemplo en el sistema jubilatorio, pero que finalmente encontraron escollos políticos para ser aprobados, lo cual derivó en un corte de los desembolsos del Fondo.

El ministro Guzmán lideró las negociaciones con el FMI.

En paralelo a esas gestiones con el organismo de crédito, Alberto Fernández intenta obtener ayuda financiera del otro lado del mundo y del mapa geopolítico. Justo en un momento de máxima tensión entre Washington y Moscú, se encontró con el presidente ruso, Vladimir Putin, a quien le dijo que quería que Argentina fuera la puerta de entrada para Rusia en la región latinoamericana.

El ámbito diplomático lamentó el mal “timing” de semejante frase, pero para el gobierno argentino resulta vital negociar la rápida puesta en marcha de proyectos de obra pública en las áreas energética y ferroviaria, a financiar por el Fondo Ruso de Inversión Directa. En otras palabras, el ingreso de divisas que quedarán en el Central.

Alberto Fernández también pasó por Beijing donde se encontró con su colega chino Xi Jinping, de quien espera la aprobación para la ampliación de un swap de monedas, que le permita a Argentina la utilización de US$ 20.000 millones —en su equivalente en yuanes— que en este momento son inconvertibles y sólo pueden usarse para comercio exterior. Además, espera que el gobierno chino retome la inversión en grandes obras de infraestructura, como represas hidroeléctricas en el sur y minería en el norte, por cifras que superan los US$ 4.700 millones. 

Y finalmente, como es habitual, está el pedido de ayuda a los organismos multilaterales de crédito que financian obra pública, es decir el Banco Mundial y el BID. La expectativa del ministro Guzmán es que, por proyectos que cuenten con financiación de estas entidades, puedan entrar otros  US$ 4.000 millones.

La suma de todos estos planes da una cifra alta, pero por ahora todo está en los papeles. Y, claro, todo está supeditado a que haya un acuerdo con el FMI refrendado por el Congreso. Ese fue, justamente, el argumento del presidente Alberto Fernández en su pelea interna con Cristina Kirchner: la acusó de seguir atada a los viejos esquemas de la guerra fría y le recordó que, por más peleados que puedan estar con Estados Unidos, tanto el gobierno ruso como el chino, le ponen como condición para su ayuda que primero arreglen con el Fondo.

Mientras tanto, los días de febrero pasan y, para desesperación de todos, el tanque del Banco Central marca “en reserva”, a tal punto que un desembolso menor, como el que está marcado por US$ 723 millones este mes, se torna de difícil cumplimiento.





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