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En Maracaná Sur viven (y mueren) esperando un realojo que no llega

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En Maracaná Sur viven (y mueren) esperando un realojo que no llega


Al intendente Ricardo Ehrlich le pedían que por favor fuera, que viera la mugre, las ratas, cómo se inundaba el barrio. Eso fue en 2006.

Al presidente José Mujica le recalcaban que había dicho “bien clarito” que la prioridad de su gobierno serían los asentamientos. Se lo dijeron en 2010. 

Al candidato Daniel Martínez le mostraron los pasajes, los problemas que tenían, lo que necesitaba el barrio, para que se acordara si llegaba al gobierno. Esto fue en campaña electoral, en 2018. 

Ese mismo año, la diputada herrerista Gloria Rodríguez cuestionó la lentitud de los trabajos en el asentamiento Maracaná Sur, y planteó que, después de seis años, todavía no había obra. Habló de inacción y de desidia en los gobiernos frenteamplistas para resolver la vivienda de los más vulnerables.  

En los últimos años también se embarraron los pies en Maracaná Sur el exministro de Desarrollo Social, Pablo Bartol, la Cruz Roja, el Municipio A, autoridades del Ministerio de Ambiente. 

La ministra de Vivienda, Irene Moreira, presentó el plan Avanzar, que tiene como fin erradicar asentamientos en todo el país. En la lista de los 120 que pretende intervenir, está Maracaná Sur. Esto pasó hace 15 días. 

En una nota de LR21 publicada el 18 de abril de 2006, Olga Acosta contaba que, si llovía, ella no dormía, que vivía nerviosa y sentía que eso le afectaba la salud. 

En radio Centenario, cuatro años después, dijo al aire: 

—Los vecinos de Maracaná Sur queremos que se regularice el saneamiento, porque pensábamos que lo íbamos a tener para 2011, 2012 y es para 2022, nosotros no tenemos pozo negro y toda la materia fecal va para la cañada y lo que no va para la cañada va para las zanjas (…). Hace 20 años que estamos peleando por esa cañada, en 20 minutos sube el agua, hay que realojar la gente en el mercadito Victoria…

El agua subía rápido −y sigue subiendo rápido− porque no tiene cauce. Dos gotas, y todo a su alrededor queda tapado de agua sucia.   

—A todos los políticos, a todos les estoy hablando, (…) que se pongan la mano en el corazón, hay ciento y pico de asentamientos que están en la misma situación. Vecinos, sigan peleándola que de alguna manera vamos a salir adelante; en el Maracaná Sur no tenemos una cancha, no tenemos una escuela, no tenemos un liceo que hace falta, los niños tiene que cruzar la ruta… —dijo en 2010 con el micrófono prendido.

El reclamo se repitió tanto que ya ni suena.  
Pero es mayo de 2022 y Acosta insiste. 

La cañada que trae innumerables problemas al barrio Maracaná Sur.

Se va adentrando en los pasajes mientras la rodean casas de bloques, de chapas o de madera humedecida, incluso en un día de sol. Los constantes ladridos de perros no le interrumpen el relato, aunque apenas se la escuche. Pisa sin darse cuenta pequeños hilos continuos de agua gris y olor fétido. 

—Mirá, seguí, pasaje al Horno, al final. Te vas a encontrar con cantidad de regalitos. ¿Ves? Ahí está la cañada. 

Grita nombres y los vecinos van saliendo: “¡Andrea! Rosana, vení, estamos hablando de los problemas del barrio. ¡Johana!”.

Rosana Pérez se acuerda de la primera vez que escuchó que se mudaban y, con 11 años −“no me olvido más”, dice− se imaginó los camiones entrando por los caminos del asentamiento. Su hijo de ocho años, en noviembre de 2021, se agarró una infección que lo llevó a tener 39° de fiebre. Lo dejó flaquito y los médicos no le pudieron explicar cómo se originó. Ella ata cabos: llovió, se inundó todo, y el agua contaminada lo enfermó.

—Yo no sé si a mí me toca realojo, pero a mi hermana sí. Y la de mi hermana es esta —dice parada en la entrada de su casa y señalando a la de al lado, una construcción de la organización Techo ya bastante deteriorada.

Pérez está a 20 metros de la cañada y en su patio, aunque no llovió, el piso está todo mojado. 

El agua emana del suelo. Sale por las paredes. 

En la pieza donde duerme con su hijo chico tuvo que hacer un agujero para que el agua drenara. La humedad, igual, se huele.

A pocos metros está la casa  de Ricardo Rico. En una pieza al fondo duermen sus hijos. Con la última lluvia, la cañada creció y llegó hasta la construcción de adelante, donde duerme él y su pareja. 

Cuando el agua baja el tema pasan a ser las ratas. Los vecinos hicieron un pedido de desratización a la intendencia el 27 de abril. Un mes después, las ratas siguen ahí.  

—Son así, parecen comadrejas. Las ratas siempre están, por el agua, por la mugre… Siempre están. Siempre están. Siempre están. 
Rico hace un gesto con la cabeza y apunta con la mirada al gato que tiene a unos metros.

—Este está que sabes qué, no le entra más nada. 
Más adelante en el pasaje, también apoyada en su portón, está Silvana Suárez.

—Esto es un cante. Es un cante.

Recién llega del médico con su beba de dos meses, que está con mocos y problemas para respirar. La cañada la tiene tan cerca que, con la asignación que le da el Mides por sus cuatro hijos −$ 8 mil al mes−  está empezando a construir con bloques una pieza arriba, para intentar evitar la amenaza del agua contaminada. Aunque algunos vecinos le recomiendan que no haga nada, porque “en cualquier momento sale” lo del realojo. 

Su suegra, Griselda Rodríguez, tiene EPOC. Un tubo le da oxígeno por la nariz, y solo puede moverse hasta donde el cable la deja. Si se corta la luz, tiene de respaldo un tanque que la puede auxiliar por 36 horas. No tiene mucho qué hacer si el agua de la cañada, que tiene a pocos metros, empieza a subir.

Lo que no será y la confusión

Olga Acosta y Ángela Vera hablan sobre cuándo llegará el realojo.

Ángela Viera, que también tiene su casa al borde de la cañada pero en la otra margen, está cansada. Su hijo de 8 años tiene plombemia, obesidad, es asmático, es alérgico y está recién operado. Su hijo más grande, de 13, también tiene plombemia. Los dos se van a hacer un estudio en las rodillas en los próximos días para ver cómo están sus huesos.

—Acá se habla de realojo hace años. Mucha gente se murió esperando el realojo —dice Viera, de su lado del cerco. 

—El de acá atrás, en esa casa de material. El Pitufo: José Ramón. Se murió hace cuatro años y él siempre decía que en poco tiempo y para el 2000 y tanto ya íbamos a tener la vivienda —agrega Acosta, del otro lado del alambrado.

—¿Y mi abuela? Mi abuela lo mismo —contesta Viera. 

La conversación tiene de fondo decenas de lavarropas convertidos en chatarra, que forman una pared contra el agua estancada.

Lavarropas en desuso, sobre la cañada del asentamiento Maracaná Sur.

Unos minutos antes, sobre el final del pasaje Al Horno, Pérez decía mientras estaba parada en la entrada de su casa:

—Cuando se haga el realojo esto va a hacer un espacio verde. Va a quedar precioso, una placita, todo. Pero esto se viene luchando de años.

La recorrida por Maracana Sur empezó, en realidad, en la entrada del barrio. La antesala de los pasajes, la cañada y los miles de problemas que aquejan los vecinos fue un enorme predio, sobre la calle Nuble Yic. Acosta lo señaló después de mostrar que pegado hay un CAIF a punto de inaugurarse y una policlínica que desde hace unos años es el orgullo del barrio. 

—¿Ves? Acá van a hacer 136 casas. Ya está el plano de cómo van a hacer las viviendas, yo lo he visto. 

Predio donde algunos vecinos creen que serán realojados.

Sin embargo, nada de eso está en los planes del gobierno. 

“De dónde saca esa información Olga, yo desconozco”, dijo a El Observador el coordinador del Programa del Mejoramiento de Barrios, Álvaro Martínez. Ese predio, según el plan actual, estará destinado a una plaza pública.

Cuando la ministra Irene Moreira presentó la lista del plan Avanzar, para el caso de Maracaná Sur se refería, en realidad, a un afianzamiento de los servicios del barrio: saneamiento, iluminación, hacer calles, ampliar el pozo de bombeo. Y relocalizar, sí, las casas que están sobre la cañada, que son unas 20 del total de 500 que tiene el barrio. Sin embargo, se ubicarán en el mismo padrón donde hoy está el asentamiento, pero más lejos del agua. 

“Los vecinos están confundidos. Todos tienen posibilidad de acceder a información, pero a veces no recurren a la fuente y se empiezan a confundir”, recalcó Martínez.

“Pero a mí me dieron el papel que dice que son 136 viviendas. No vamos todos, porque también van del otro lado (por Maracaná Norte), pero el plano lo vi”, replicó Acosta al conocer, días después, lo que el Ministerio de Vivienda tenía previsto.  

El papel que guarda Olga Acosta con los datos que tenía del realojo.

La confusión parece surgir a partir de lo que el coordinador del PMB llamó un “cambio en la estrategia”. 

La diputada Cecilia Cairo, que en el gobierno anterior fue la coordinadora del Plan Juntos que dependía del Ministerio de Vivienda, dijo a El Observador que en el proyecto ejecutivo del PMB tenían previsto realojar en un terreno tanto a los vecinos de Maracaná Sur que estaban contra la cañada y a otros tantos de Maracaná Norte que daban al bañado del arroyo Pantanoso, y que eso, “debería estar” incluido en el actual plan.  

El proyecto de mejoramiento del barrio, que está en la etapa final para ser aprobado y lanzar el llamado a licitación, tuvo contratiempos y, cuando se quiso acordar, la realidad había empeorado: otras 70 familias se sumaron al asentamiento irregular. Eso implica revisar observaciones y evaluar si los nuevos vecinos también deben ser realojados.

El paso final del plan, el fin último, es que cada familia se convierta en dueña del espacio en el que vive. Pero eso, advirtió Martínez, “es muy complejo”. ¿Por qué? “A veces no terminaste la obra y ya están vendiendo la vivienda, porque vienen con la dinámica de ocupar”.  

Acosta, que ha oficiado como una de las voceras de Maracaná Sur durante todo este tiempo, ya no sabe dónde está parada. 
O sí: sobre una cañada por la que el agua nunca dejó de correr.





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