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«El teatro se pone objetivos imposibles porque fracasar haciendo lo posible es imperdonable»

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«El teatro se pone objetivos imposibles porque fracasar haciendo lo posible es imperdonable»


Todo se prendió fuego ante nuestras narices. Si bien los incendios están grabados en la historia de los teatros como un infortunio, en los últimos años una peste inesperada vació un bidón de nafta y prendió un fósforo sobre los escenarios del mundo. Ahora Gabriel Calderón (39) quiere que el teatro nacional vuelva arder. Pero que arda de ganas.

El actor, director y dramaturgo asumió a comienzos de este año la dirección de la Comedia Nacional. «Es mi primera oportunidad de hacer algo de lo que he hecho afuera, del teatro, de la profesionalidad, del rigor y la excelencia que he vivido durante varios años en el exterior . Es una invitación para ver si la puedo desarrollar en Uruguay. Es un honor, es un prestigio, pero también una responsabilidad», dijo en diálogo con El Observador horas después de la presentación de la Temporada 2022 de la compañía municipal. Serán 10 títulos pensados para construir el teatro del futuro desde las cenizas, con voces nuevas y consolidadas, con propuestas excitantes y nuevas discusiones a encender entre la institución y el público. Porque si el teatro está en llamas iremos a contemplar el fuego.

A continuación un resumen de la entrevista con Gabriel Calderón.

¿Cuál es el camino que proponés con tu llegada a la Comedia Nacional?

En la Comedia hay dos ideas que nos señalan un camino. La primera es que acabamos de salir de una pandemia y estamos entrando en una guerra. Hacer teatro es una responsabilidad muy grande en ese contexto porque mientras vos y yo tomamos un café hay gente que está muriendo de hambre, hay niños que están siendo separados de sus madres y los que hacemos teatro siempre nos preguntamos qué hacemos haciendo teatro. ¿Cómo no nos morimos de vergüenza? Por otro lado, sabemos que las guerras están sucediendo porque algo que se está perdiendo en el mundo de hoy, en el siglo XXI, son libertades, amor y empatía. El arte por excelencia de la empatía, que enseña al mundo a ser otro y a identificarse con el otro, es el teatro. Es una resistencia de amor y de libertad.

El de esta ciudad era un teatro históricamente rico en lo artístico pero débil en lo estructural, y por la pandemia está pasando por un momento grave. Entonces la Comedia lo primero que tiene que hacer es salir y ver cómo puede hacer teatro con ellos. Por eso este año vamos a hacer dos coproducciones: una con el Teatro Circular y otra con La Gaviota. Dos teatros históricos.

¿Por qué deciden apelar a la imagen del fuego para volver?

La idea es arder. Cuando un teatro se incendia, que pasa mucho, es una tragedia. La compañía tiene que salir a la calle o buscar otras salas prestadas. Los teatros se incendian desde siempre. Hasta hoy. Esta sala maravillosa en la que estamos se incendió en 1998. Sin ese incendio no hubiésemos tenido esta nueva sala. También el incendio es un recuerdo de eso horrible que se dice de que las crisis son oportunidades. Entonces si nosotros estamos ardiendo, que es la noción que tenemos del teatro en esta ciudad, es una oportunidad para decirle a la gente «vengan a vernos». Porque si hay algo que no está débil en esta ciudad es la calidad artística de todos los teatros. Nuestra debilidad es económica, pero no claudicaremos. Si podía hacer muchas cosas solo y a la intemperie, supongo que podré hacer más y mejores ahora con un instrumento tan bello como la Comedia Nacional.

La Comedia tiene otra estabilidad en este contexto y es interesante el vínculo que extienden hacia los teatros independientes.

Históricas peleas llevaron a que a veces solo se discuta si tiene sentido tener una Comedia Nacional y 30 actores con un sueldo cuando el resto del sistema está tan endeble. Esa discusión Uruguay la dio muchas veces y siempre terminó en lo mismo: perdió el teatro independiente y perdió la Comedia. Lo decía Martín Fierro: cuando nos peleamos entre nosotros nos comen los de afuera. Si a nadie se le ocurrió una idea mejor, lo que propongo es no seguir fogueando esa discusión. La Comedia no tiene solo una manera de relacionarse con el teatro independiente. La compañía es parte de esa escena: su elenco viene de ahí, las directoras y directores vienen de ahí, los escenógrafos vienen de ahí, las vestuaristas vienen de ahí y cuando se jubilan los actores de la Comedia vuelven corriendo al teatro independiente. Es una dicotomía que no es tan real. Podemos tratar de crecer en todos los lugares. Este año vamos a hacer ocho concursos para ingresos estables y acabamos de ingresar a 6 becarios recién egresados de las escuelas. Este año vamos a tener un récord de contrataciones artísticas para obras puntuales en relación a los últimos años, vamos a salir a hacer obras pero también vamos a llamar a artistas a que se mezclen con nosotros y hagan los espectáculos. También estarán las coproducciones con el teatro independiente, que es otra manera de decir «hay otras maneras de trabajar con nosotros, no solo perteneciendo al elenco estable y hacer una obra en el Solís».

La presentación de la temporada 2022 da cuenta de la incorporación de voces jóvenes y de mujeres. ¿Te parece que es algo que faltaba o que estaba invisibilizado?

No discuto que la desigualdad existe, que la opresión existe, que la violencia existe, que es intrínseca y que la estoy ejecutando yo. Esa es mi manera de ser. No me tranquiliza no ser un golpeador. Me parece que hay algo sistémico y que debo tener actitudes propias que ayuden. Y hay toda una parte que para mí no es discutible: que a la paridad la tenemos que tratar de alcanzar y si no la alcanzamos, que es posible, tenemos que aceptar el error. Lo primero que intentamos fue llamar a muchas directoras mujeres porque creo que las hay y que son buenas, pero no están apareciendo porque no se les dan oportunidades. Eso ya no se discute, por lo menos en la Comedia. Soy incapaz de decir si se discutía o no, pero veo que hubo muchas directoras mujeres en los últimos años. Estoy intentando que aparezcan muchas jóvenes, porque es bueno que aparezcan jóvenes ahora para que haya muchas directoras mujeres con carrera consolidada dentro de 20 años.

Otra es la discusión que estamos teniendo en relación a los autores, porque allí tenemos más dificultad. Si bien tenemos nuevas autoras, y gracias a la tecnicatura que tiene tres generaciones empezaron a aparecer más dramaturgas, que históricamente han sido más soslayadas, por ejemplo el año que viene quiero hacer una temporada de clásicos y los nombres que surgen son una y otra vez de varones. Incluso en la temporada de este año, a no ser una autora directora, es más difícil conseguir una dramaturga sola. ¿Quiere decir que no está? No. Quiere decir que no la conocemos, que no la estamos viendo y que en algún lugar está siendo sometida, presionada, opacada o está en su techo de cristal. Después, un tema que es mucho más escabroso y que creo que vamos a estar reelaborando todo el tiempo son los contenidos artísticos de las obras. Esperando la Carroza es un claro ejemplo. Es una maravilla, una comedia que nos encanta, pero si uno hace solo una mirada de género sobre ella la mujer limpia y el varón trabaja. Criticar eso sería no entender el grotesco de la obra, que se ríe de todos esos personajes. Pero en una situación compleja como la que estamos es un tema.

En relación a los contenidos, la temporada comienza con Estudio para La mujer desnuda, con la dirección de Leonor Courtoisie sobre la obra de Armonía Somers. Justamente es una propuesta con una mirada marcada desde el género.

Laura Pouso siempre dice: la programación es una disciplina artística. Leonor tiene una contundencia artística muy fuerte y lo ha demostrado. Con Armonía Somers se trata de recuperar a una mujer que está siendo valorada a nivel narrativo, pero todavía no se ha traducido a nivel escénico. Ella lo quería, siempre había manifestado la idea de pasar al cine o al teatro alguna de sus novelas. Hablamos con uno de sus amigos, Miguel Ángel Campodónico, y nos dijo «eligieron la más difícil, la única que hubiese dicho esa no porque es complicada». Y es así: lo fácil es para otros, nosotros tenemos que estar dando las discusiones. La mujer desnuda sigue siendo un problema para esta sociedad: cómo plantear un cuerpo desnudo en un escenario como el Solís y que no sea tragado y escupido por los espectadores, juzgado, pensando todo el tiempo el lugar que le están dando. ¿Qué se hace con la mujer desnuda hoy? ¿Qué implica para esta sociedad lo que hace Rebeca Linke, que es el personaje de La mujer desnuda? ¿Puede ser un espectáculo que no funcione o que no se entienda? Y sí. Pero la Comedia tiene que dar estas discusiones, tiene que estar en ese enfrentamiento, porque sino terminamos haciendo lo mismo que el mercado: solo hacemos lo que funciona, como un algoritmo de Netflix. Pasaríamos una encuesta para la gente y el año que viene haremos lo que la mayoría de nuestros espectadores nos dijeron que querían ver. Así no funciona el teatro.

¿Creés que la cultura uruguaya «baja» para agradar?

Creo que hay gente a la que le conviene esa discusión. Lo popular vs. la élite. En el teatro de esta ciudad no existe lo popular vs la elite, todos queremos ser populares. Lo que no estamos dispuestos es a claudicar lo artístico para serlo. Queremos que las salas se llenen y queremos vender entradas porque con esa plata contratamos más artistas de la ciudad que están en una situación muy frágil. Por eso no las regalamos. Porque con ese dinero, que sabemos que la gente puede pagar, podemos lograr mejores condiciones. Ahora las discusiones nos encuentran juntos, frágiles pero fuertes, decididos a dar una pelea que sea en crecimiento. Estamos convencidos del feminismo, estamos convencidos del medio ambiente, estamos convencidos de los derechos humanos. Cada persona de esta ciudad que con todo derecho quiera poner en discusión esas cosas se va a encontrar con el teatro de la ciudad problematizándolo.

Es también tu regreso a la gestión pública. ¿Cuáles son los principales desafíos que te presenta?

La gestión pública son problemas siempre gigantes. A veces por un trámite se cae una gira nacional, le fallas a 10 departamentos, al público, a los artistas. El área de impacto es más grande, las responsabilidades y los disfrutes también. Yo ya había cerrado mi etapa. Trabajé 10 años en gestión pública y en cosas muy diversas. ¿Por qué volví? Me lo pregunto. Me ha ido muy bien afuera y lo digo con mucha humildad. Trabajaba establemente en Suiza, en Italia y en España, y si no trabajaba en otros lugares era porque tenía mi familia acá y quería verlos. En las últimas épocas, sobre todo con la pandemia, empecé a pasar 6 meses afuera y quería estar en Montevideo. Pero la dificultad es el trabajo, Montevideo era otra vez volver a la gestión y yo había decidido no hacerlo. En un momento, en una de estas cosas que uno rumia en su cerebro, me dije «Gabiel, ¿por qué no vas a volver nunca más a la gestión? No terminaste mal y a las gestiones les fue medianamente bien». Pero había hecho mucho por soltar eso y armar mi carrera internacional. En un momento me dije «a lo único que volvería sería a la Comedia Nacional», y el otro Gabriel me decía «pero no te lo ofrecen». Y el año pasado me lo ofrecieron. Todo el año pasado pasé concursando con varios candidatos y candidatas, y para mí fue muy bella la experiencia. También fue un año de preparación para hacerme a la idea de que tal vez tenía que detener durante tres años mi carrera internacional. Voy a estar acá un tiempo y ojalá sea hermoso, pero después van a tener que surgir otros nombres. Hay mucha gente en esta ciudad que merece ser directora o director de la Comedia Nacional. 

¿Tu objetivo en la Comedia es ser un impulsor?

¿Si no qué? El teatro se hace con gente. Estoy convencido de que hay otros artistas en la ciudad que tienen el mismo talento y necesitan estas oportunidades. Sergio Blanco, Marianella (Moreno), Roberto Suárez, Santiago Sanguinetti, Domingo Milesi, Margarita Musto: cuando pensás en ellos, en cómo pegan en el mundo, en que están en los teatros más importantes, que son estrenados, son traducidos, son publicados; estoy convencido de que si fuera fútbol estaríamos hablando de cómo hace este país para sacarlos. El secreto es que hay mucha calidad a muchos niveles. La Comedia tiene que ser un puntal: tiene que dar más oportunidades para que trabajen mejor y que el día de mañana contemos con 24 en el mundo y no con ocho. Eso va a redundar en mejor teatro para la ciudad. Yo soy un producto de esta ciudad: estudié acá, me formé acá, vi teatro en esta ciudad y trabajé en ella. En la Comedia trabajé en dos oportunidades, después en salas de la periferia, en el Circular, en Agadu, en la Camacuá, con diferentes grupos, con diferentes artistas. Se que es un lugar común, pero cuando sacás a los talentos de la ciudad y lo mostrás afuera se quedan de cara y dicen «¿de donde salen estos actores y actrices?» Es que están actuando todo el año, todo el tiempo, y hay espectadores que los quieren y los cuidan. No tenemos una infraestructura económica que lo sostenga, pero en esa pelea estamos. 

¿Sentís la responsabilidad de ofrecerles a los espectadores un espacio artístico, una experiencia, en este contexto en el que estamos saliendo de una pandemia que lo mantuvo alejado del escenario?

Nosotros no tenemos que ofrecer experiencias a los espectadores. Ese es un espacio de libertad para el espectador. Creo que hay una discusión que se malentendió en algún momento, no queremos decirle a la gente «venga a emocionarse o a disfrutar».

No, pero vos ponés ciertos ingredientes en escena 

Ann Bogar dice «nosotros tenemos que crear las condiciones para que la gente tenga las experiencias que quiera tener». Esto también es una larga negociación con el público que a veces quiere venir y divertirse, entretenerse, y nosotros le estamos diciendo que esa es una responsabilidad compartida y no necesariamente nuestra. Yo entiendo que usted quiera, pero nosotros también queremos. No es así que se arma una programación, es tratar en la diversidad de generar condiciones para que se tengan experiencias. Si estoy planteando un año exigente a nivel nacional con la comunidad artística, con la Comedia, con el elenco, va a ser una exigencia que el espectador también va a tener. Durante un tiempo los espectadores y nosotros nos vamos a estar conociendo, midiendo. Tal vez haya gente que no quiera venir más y no hay problema. ¡Hay tanto teatro en esta ciudad! Estamos convencidos de que hay mucha gente que quiere venir, y hay mucha gente que está gritando por ver gente en vivo, por tener una experiencia de convivio, por salirse de la pantalla. Es verdad que una pregunta es cómo hacemos para sacarlos de Netflix. Hay mucha gente en esta ciudad que quiere tener experiencias complejas y no solo diversión y entretenimiento; quienes lo quieran también lo van a encontrar en la Comedia en algún momento. Pero primero lo que estamos tratando es de ensanchar el territorio del espectador. Que el público venga al teatro con expectativas de qué va a pasar, pero no con certezas. La certeza es el trabajo, la certeza es el compromiso y la calidad de los artistas. Tal vez nos sale mal, tal vez es un buen estreno y la función que vienen a ver es mala. Creo que ahí tenemos mucho territorio para ganar. Una convocatoria que estamos haciendo a los espectadores es «volvió el teatro», estamos ardiendo de ganas de hacer, estamos trabajando mucho. Venga en su rol de espectador o espectadora a dialogar con nosotros. Son discusiones que nosotros queremos tener acá. En vivo.

A veces hay una idea de que en la Comedia hay espectadores más envejecidos. Es verdad que hay un público tradicional, pero es verdad que muchos jóvenes vienen y participan mucho. A mí me preocupa mucho la gente que ni siquiera viene al teatro. 

¿Tiene que ver con esa falsa dicotomía entre lo popular y la élite?

Los espectadores tienen que entender que es natural que no les guste el teatro. Es obvio, es evidente y hasta serían raros si les gustara. Cada vez que alguien viene y me dice «no me gusta el teatro», yo les digo «qué vivo, ¿qué te gusta?”. Porque si te gusta la música, podés escuchar no solo la música del mundo, sino la música de todos los tiempos. Si te gusta la literatura, podés leer la literatura del mundo, y también a Goethe y a Shakespeare. Si te gusta la pintura, hasta podés ver los cuadros de Van Gogh en directo. Pero no podés ver el teatro que hacía Atahualpa del Cioppo hace 50 años, ni hablar de Shakespeare. Las nuevas generaciones no pueden ver Mi Muñequita, que la hice hace 15 años, y no la van a ver jamás. Aquellas personas a las que les gusta el teatro les gusta porque vieron buen teatro en un momento, y luego no lo pueden ven más.

Es difícil de asimilar en la cultura del on demand.

Claro, no podes tenerlo cuando querés y como lo querés. Es natural que compitamos a destiempo. Si hice una buena película, escribí un buen libro o hice una buena pintura, ahí está. Ahora: hice una buena obra de teatro y se la comió el tiempo. Entonces es evidente que haya menos espectadores de teatro. Porque si hago bien una obra la tengo que hacer bien todas las noches; ni siquiera basta con hacerla bien una vez, tiene que salir bien siempre. Ana contra la muerte es una obra a la que le va bien. ¿Creés que no hay espectadores que salen y no les gusta? Tal vez ese día salió mal. Parece una pelea hasta tonta, que nosotros tratemos de ser populares contra otros que tienen más capacidad de llegar con obras que pueden fijarse mejor. La discusión va por otro lado. El fracaso tiene un valor, el error tiene un valor. La mayoría de nuestras vidas no es el algoritmo exitoso de Netflix, es el descarte. La mayoría de nuestro tiempo somos la peor versión de nosotros mismos y trabajamos mucho para cuando tenemos una entrevista de trabajo, o una cita con alguien que nos gusta, cuando queremos dar una buena impresión y no nos sale. Eso es el teatro. Nos habla de algo muy humano. En un mundo en guerra donde el amor y la libertad están en cuestionamiento, donde las extremas derechas resurgen y tienen lugares en el parlamento, y el nazismo se anima a esbozarse de nuevo como algo posible, ser la resistencia del amor y la libertad es una linda bandera para defender en una ciudad. Incluso para fracasar. Estoy convencido de que por allí hay espectadores que nunca han ido al teatro, pero están convencidos de que el fracaso, la peor versión de uno mismo, no los hace peores, y que si el teatro está luchando todo el tiempo con eso tiene un lugar en donde dialogar, en donde verse y hasta tal vez el día de mañana formar parte. Por eso el teatro todo el tiempo se pone objetivos imposibles. Hacer La mujer desnuda es imposible, hacer una gira nacional en plena pandemia es imposible, estrenar 10 títulos este año es imposible. Pero fracasar haciendo lo posible es imperdonable. Por eso nuestra estrategia es que nos ponemos objetivos que no sabemos hacer, y si fracasamos por lo menos nadie lo había intentado antes. Me parece que mucha gente va a empatizar con nosotros, y no hay problema si no le gusta la obra, no crean que a nosotros nos gusta todo lo que hacemos. Pero no claudicamos. Nos guía un ideal de belleza.





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